Alcanzando nuevas alturas: la historia de Amara
Un nuevo paso hacia las posibilidades
«Los niños se burlaban de él», contó su madre, Betty. «Le ponían apodos como “el niño con las piernas atadas”».
El acoso constante afectó mucho a Amara. Dejó de jugar afuera y, incluso antes de tener la edad suficiente para ir a la escuela, ya no quería ir. Aunque le encantaba estar rodeado de gente, Betty explicó: «Nunca termina bien».
Amara vive en una aldea remota a varias horas de Freetown, la capital de Sierra Leona. Al igual que en muchas comunidades de la región, el acceso a la atención quirúrgica especializada es escaso. Muchas familias dependen de la agricultura de subsistencia, lo que les deja poco margen —tanto económico como logístico— para recibir tratamiento médico.
Los padres de Amara trabajaban incansablemente en el campo, pero por más que se esforzaran, no podían enderezar las piernas de su hijo. Sabían que Amara pasaría toda su vida luchando por mantenerse al día sin ayuda, pero no había nada que pudieran hacer.
Entonces, un día, un vecino le habló a Betty de Mercy Ships.
«La cirugía representa un riesgo importante para los pacientes con anemia falciforme», explicó la Dra. Belén Carsi, cirujana ortopédica pediátrica voluntaria. «Cualquier estrés —físico o emocional— puede desencadenar una crisis».
Fue entonces cuando recurrieron al «banco de sangre ambulante» de Mercy Ships. Se evaluó a los voluntarios a bordo para ver si su tipo de sangre coincidía con las necesidades de Amara y, pronto, Alina, una voluntaria suiza, acudió al rescate.
Alina aceptó sin dudarlo.
Con todo listo, la Dra. Carsi y su equipo procedieron con la operación, trabajando arduamente para brindarle a Amara la mejor atención posible a pesar de la enfermedad que les planteaba un gran desafío.
Tras una cirugía exitosa, Amara comenzó el lento y constante proceso de rehabilitación. Fue entonces cuando Emilia, una fisioterapeuta voluntaria, entró en escena.
«Cuando lo conocí, era dulce, callado y observador», dijo ella. “Pero había que descubrir qué era lo que lo animaba”.
Emilia utilizó técnicas terapéuticas creativas para ayudar a Amara a recuperar la fuerza y la movilidad: juegos con globos, rompecabezas y, lo más importante, la pelota que le encantaba patear.
“Tuvo que aprender a caminar de nuevo”, explicó Emilia. “Pero ha progresado rápido… Se esforzó mucho y siempre hizo lo que le pedíamos”.
La tensión en sus piernas era solo una parte de la lucha que Amara había soportado durante años. El acoso escolar lo había dejado con dudas respecto a la escuela e inseguro de su lugar en el mundo. Pero a medida que se fortalecía, también lo hacía su confianza —una confianza que demostró durante el tradicional baile de alta, cuando los pacientes celebran su salida del buque.
Por fin recuperado, Amara regresó a su comunidad y a su familia, listo para el siguiente capítulo de su vida. Poco después de su regreso a casa, recibió una visita especial: Alina, la voluntaria que le había donado sangre.
“Pude conocer a su familia extendida y al resto de su aldea”, compartió Alina. “Es muy bonito ver de dónde es realmente, ver dónde va a crecer y a qué escuela podría ir”.
Mientras Amara se reincorporaba a su vida en casa, Betty por fin pudo mirar hacia el futuro con esperanza y dijo: “Solo quiero dar las gracias a todos los que ayudaron a Amara”.